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Homofobia internalizada: mierda en el alma Imprimir E-mail

El autor de este artículo es Gabriel J. Martín, que termina sus escritos diciendo “¡Besazo, y quiérete mucho, maricón!” (Así se llama su primer libro). A mí no me gusta el epíteto, pero ni sueño en que me disguste porque él ha sufrido mucho más que yo. Tiene derecho a hablarnos como quiera.

Estas dos personas son él.

Nació en 1971 con los testículos en las ingles, sin escroto y con una hipospadia en su micropene. Era el apogeo de John Money y sus teorías de que el cerebro nacía sin sexo (muchos médicos siguen pensándolo hoy en día) y sus padres lo criaron como nena. Creció, recuperó su sexo de varón (la identidad de género se adquiere en el útero), supo que era homosexual y estudió sicología para combatir la homofobia internalizada.
Rafael Freda

 

Mierda en el alma

 

Estábamos en mitad de una sesión, hablando de su trastorno de estrés postraumático, cuando le comenté: “-Esto es algo muy frecuente entre los gais víctimas de acoso homofóbico, tan frecuente que estoy preparando un artículo sobre el tema”. “-¿Sí?”. “-Sí, y lo voy a titular Mierda en el alma”. Entonces sonrió. Y, con los ojos puestos en sus recuerdos, me respondió: “-Es que es eso lo que se siente…”

(Artículo de junio en la revista "Gay Barcelona")

 

Me lo preguntan con cierta  frecuencia: “¿de verdad, hoy día, sigue habiendo personas con problemas para vivir su homosexualidad?” Y yo, que soy como soy, pongo cara de “¿de verdad podemos ser tan ingenuos como para pensar que a todo el mundo le basta con un borrón y cuenta nueva?”. En efecto (y soy uno de los que más convencido está de ello), el nuestro es un contexto respetuoso con la homosexualidad, pero no lo ha sido así en nuestra historia reciente. Los que tenemos más de treinta o treinta y cinco años no lo hemos tenido tan fácil… y eso queda.

Una buena forma de explicarlo es observando el progreso que ha habido sobre la visión acerca de la homosexualidad en el mundo académico. Hasta 1973, los homosexuales éramos oficialmente enfermos. Ese año, la APA (American Psychiatric Association) evidenció lo evidente y, tras votación, retiró la homosexualidad del catálogo de enfermedades mentales (dejó de aparecer impreso en el manual de la siguiente edición, en 1974). Sin embargo, no fue hasta el año 2000 que esta organización (la referente, a nivel internacional, de la psicología científica), publicó unas guidelines (directrices) acerca de cómo deberíamos los psicólogos ver la homosexualidad y tratar a los pacientes homosexuales. Con estas directrices (son un total de 21), la APA reconoce que las personas homosexual hemos vivido circunstancias especiales y que, éstas, requieren una atención especializada por parte de los profesionales de la psicología, animándonos a esforzarnos “para poder mejor comprender el efecto del estigma (prejuicio, discriminación y violencia) y sus diversas manifestaciones contextuales en las vidas de las personas lesbianas y gais" (directriz 1). Así que, en resumen, hace sólo cuarenta años que hemos dejado de ser considerados “trastornados” y apenas hace una década que se reconoció que nuestras biografías requieren un tratamiento especial debido a las indudables huellas que el maltrato homofóbico deja en las personas que los sufren. Y eso lo dice nada menos que la APA, una organización que acumula la experiencia de miles de profesionales y cientos de estudios repletos de evidencia empírica.

 

El efecto del estigma.

¿Y cuáles son esas huellas? Pues, la verdad, no son pocas. Haciendo un esfuerzo podemos agruparlas en consecuencias cognitivo-conductuales y en consecuencias emocionales. En el primer grupo, en el de las secuelas cognitivo-conductuales, encontramos aquellas que afectan a tu mente y a cómo te comportas. Suelen considerarse en conjunto porque el modo en que los humanos nos comportamos está muy mediatizado por cómo percibimos el mundo y a nosotros mismos (y esto es algo “cognitivo”). Pero también nuestro funcionamiento emocional es importantísimo en relación a cómo nos comportamos y muchas de nuestras conductas hunden sus raíces en la emociones. Por emociones entendemos esos estados afectivos muy intensos pero más breves que aquellos que conocemos como “sentimientos” y que, además, vienen acompañados de una patente activación fisiológica (activación cardíaca, sudoración, respiración, etc.). Ejemplos de emociones serían: ira, rabia, ansiedad, deseo, vergüenza, etc.

Al hablar de secuelas, a menudo comento con mis amigos que saber qué tipo de problemas tenemos que afrontar los gais y las huellas que nos pueden dejar, nos ayuda a ser más empáticos y comprensivos con el resto de gais. Al final nos damos cuenta de que todos somos humanos y que todos tenemos “lo nuestro”. Si un amigo se encuentra afectado por algo, al menos podremos ayudarle a poner nombre a lo que le sucede (y ésa es la intención del siguiente repaso, te recuerdo que toda esta información la puedes ampliar en mi blog).

Dentro de las secuelas cognitivo-conductuales podemos hablar de los esquemas mentales distorsionados, que incluyen desde una visión distorsionada de uno mismo (homofobia interiorizada) hasta una serie de guiones también distorsionados. La homofobia interiorizada es uno de los conceptos más estudiados por la psicología de la homosexualidad y se puede definir como una “actitud negativa hacia la homosexualidad presente en algunos homosexuales”. Esta homofobia puede ser de dos tipos: explícita y sutil. La explícita consiste en el rechazo de la propia homosexualidad. Es la que padecen aquellos hombres educados en contextos especialmente conservadores y homofóbicos, contextos capaces de hacer que el gay se considere un enfermo a sí mismo y quiera “curarse” o no asumirse y pasarse la vida encerrado en el armario. Sin embargo, y éste es el caso que con más frecuencia trabajo en consulta, podemos encontrar otro tipo de homofobia, mucho más sutil, que consiste en una visión distorsionada (en negativo) de los valores, comportamientos y costumbres homosexuales. Así, encuentras muchos gais que afirman (por ejemplo) cosas como que “todos los gais son promiscuos e infieles” y que sufren tremendamente a la hora de tener pareja ya que, sin ni siquiera ser conscientes de ello, creen que nunca podrán fiarse de su novio y viven inmersos en unos celos e inseguridades que los sobrepasan. Este último tipo de homofobia interiorizada sutil se relaciona mucho con los guiones distorsionados, guiones que hacen, a un gay, estar continuamente a la defensiva porque –por ejemplo- ha interiorizado que será atacado apenas se sepa que es gay. O que el hecho de ser homosexual le pondrá en el punto de mira de las críticas de sus compañeros de trabajo. Con estos guiones distorsionados, vive inmerso en una ansiedad enorme que le hace estar hipervigilante sobre lo que los demás dicen acerca de él y reacciona a menudo con una agresividad extrema. Ahora, cada vez que veas a un “marica mala”, podrás comprender que –casi con toda seguridad- ese hombre ha sufrido acoso a lo largo de su vida hasta el punto que ha interiorizado la creencia distorsionada de que, indefectiblemente, será atacado y debe atacar antes de eso suceda. Tú y yo sabemos que eso no es vida y, ahora, tú también sabes que todo ello no es sino una secuela de su biografía.

Y es en este punto en el que debo decir que hay secuelas aún peores y que son las que –realmente- dan nombre a este artículo: las secuelas emocionales.

 

 

Mierda en el alma.

Se queda algo profundo y enturbiante en el corazón de muchos hombres gais. Es el rastro de un dolor antiguo que, por no ser capaces de soportarlo, dejamos allí –quieto- mientras no nos duele demasiado. Un dolor que no desaparece por sí solo. Sí, el tiempo cura las heridas (dicen) y tu sonrisa esconde la cicatriz. Pero allí está. Y, a veces, vuelve. Como una marea estúpida que no se acaba nunca.

A lo largo de estos años he escrito sobre el TOC-its: el terror injustificado a infectarse de alguna enfermedad venérea (especialmente de VIH) aún sin haber realizado prácticas de riesgo. He hablado de las adicciones al sexo y de cómo muchos gais mantienen relaciones sexuales de manera compulsiva (y su porqué). He hablado de los problemas con la gestión de las emociones y del pánico a que tu homosexualidad sea una fuente de conflictos con tu familia o con los compañeros de trabajo. Y he hablado de serofobia y de otras situaciones fóbicas similares. ¿Qué tienen en común todos estos problemas? ¡La ansiedad! La enorme ansiedad que llevan emparejada. Una enorme ansiedad que es característica del TEPT.

Algunos autores consideran que el efecto del acoso homofóbico se parece enormemente al TEPT (Trastorno de Estrés Post Traumático). El TEPT se origina tras haber sido víctima (o presenciado) un acontecimiento altamente traumático: un atentado, una violación, un maltrato, un accidente, etc. Es característico de este trastorno que la situación traumática reaparezca en la mente de la víctima por medio de flashbacks que vienen acompañados de reacciones de ansiedad muy intensas. Otra característica es la presencia de un alto nivel de estrés en la persona así como una serie de pensamientos irracionales que aumentan este estrés así como la sensación de indefensión y también es característico un estado de ánimo deprimido. A menudo, la persona experimenta sentimientos de culpa y siente que mucho de lo ocurrido es responsabilidad suya. ¿Me vas a decir que no te suena? Puede que también te suenen las dificultades para conciliar el sueño o, aún más, el que yo considero el efecto más cruel del TEPT por homofobia en el colectivo de hombres homosexuales: la restricción de la vida afectiva. Esa sensación tuya de que, difícilmente, podrías enamorarte realmente. Que, difícilmente, podrías vincularte afectivamente con otro hombre. Que te sientes como si estuvieras anestesiado emocionalmente y que has perdido la capacidad para experimentar emociones como la ternura… como si te hubiesen dejado el corazón hecho de corcho: pura corteza que se mantiene a flote, pero a la que apenas le queda vida.

Ésa es la peor mierda que se nos puede meter en el alma, porque nos deja indefensos ante el dolor y, a la vez, sin herramientas con las que salir del trauma, aquellas que nos harían sentir que aquel dolor antiguo ya cesó y que estamos a salvo de él. Porque, además, no soy yo. También eres tú. Y él. Y él también. Y muchos de nosotros. Porque son muchos los hombres homosexuales que las padecen. Porque “el ambiente”, finalmente, resulta ser un lugar donde hay muchos hombres heridos, con preciosos cuerpos de gimnasio y sonrisas que esconden cicatrices.

Algunas de las historias que me han contado te abren las venas: -En el colegio me perseguían, me daban empujones hasta tirarme al suelo. Me pisoteaban la cara, me escupían, me decían “¡maricón, maricón!”, pero ningún profesor hacía nada por ayudarme… no me atrevía a contarlo en casa porque mi padre siempre decía que prefería un hijo muerto a un hijo maricón. Así todos los días durante años. Son historias que dejan huella en quienes las sufrieron y lo digo literalmente: se ha demostrado (Lanius et al. 2001) que los eventos traumáticos que originan el TEPT dejan un rastro neural que puede ser detectado mediante escáneres. Otros de los efectos de este trastorno también dejan su huella en nuestro sistema límbico (que se encuentra, más o menos, en la base de tu cerebro, un poco más arriba de donde comienza tu médula espinal) de forma que tu sistema de alarma se dispara desorbitadamente ante cualquier hecho medianamente alarmante (lo que explica tu hiper activación) pero, también, se vuelve hiper reactivo al efecto de los opiáceos (mayor vulnerabilidad a las drogas entre los gais) y, por otro lado, hace que se sufra anhedonia (incapacidad para disfrutar) y que la capacidad de experimentar afectos y emociones se vea mermada. Por último y puede que debido al proceso conocido como “indefensión aprendida” o como resultado de la degradación de la autoestima de la persona, los episodios depresivos se suceden con cierta periodicidad en la persona que sufre TEPT.

Sistema límbico

Así que, ya ves el panorama: traumatizados por lo que nos sucedió, fáciles de asustar, vulnerables a las adicciones, tendentes a la depresión y con el corazón anestesiado. No sé si quedará alguien en el mundo al que aún le parezca que el título de este artículo está poco justificado.

La víctima de acoso homofóbico crece humillado, con el concepto de sí mismo deteriorado por culpa de haber interiorizado cosas como que era un “maricón de mierda vicioso”. Con un autoconcepto así, ¿cómo va a quererse a sí mismo, cómo va a tener su autoestima? Sus emociones están deterioradas en múltiples niveles, quedando impedido para vincularse constructivamente con los demás, vulnerabilizado a las dependencias emocionales. La víctima de acoso homofóbico revive los episodios traumáticos: a veces con pesadillas, a veces con pensamientos disruptivos (le “asaltan los recuerdos”). Cuando se enfrenta a situaciones similares a las del suceso traumático, como la de ver por la calle un grupillo de adolescentes de la edad que tenían sus matones, se le disparan las alarmas. Las mismas alarmas que se le disparan cada vez que le dan un disgusto y se alerta al máximo: le falta la respiración, le duele el pecho, suda, le urge evacuar sus intestinos, ¡siente la adrenalina saliéndole por las orejas! La víctima de acoso homofóbico cae en depresión casi con la misma facilidad que otro agarra una gripe. Y toda esta disfuncionalidad junta no hace sino reforzar esa etiqueta asquerosamente cruel que le colgaron en su infancia: “eres un maricón: una nenaza que no tiene cojones para defenderse…. y así serás para siempre”. Tal vez, si en lugar de avergonzarse de ti y machacarte sádicamente, tu padre te hubiese enseñado a mostrar dignidad, las cosas en tu vida habrían todas sido muy diferentes.

 

Pasando el alma a limpio.

Bueno, cariño, no te preocupes. Hay formas de superar todo esto, si bien no son fáciles (y esto es algo que explico con mucha frecuencia en consulta). No es fácil porque una de las características del TEPT es que el trauma nos lleva a huir de todas las situaciones que se asemejan a aquello que nos traumatizó. Y tú dirás: ¿qué tiene eso de malo, acaso no es lo más sensato? Sí, lo es. Desde el punto de vista de la supervivencia. Pero no desde el punto de vista terapéutico.

A menudo me preguntan si soy un psicólogo de orientación cognitivo-conductual y yo siempre contesto que se puede afirmar eso de mí pero con reservas ya que, gran parte del trabajo que realizo, va mucho más allá de la terapia cognitiva. Por mucho que yo trabaje esquemas y guiones mentales, hay una parte importantísima de mi labor que tiene que ver con el mundo emocional de los gais. Muy a menudo, en consulta, saco una aplicación de mi iPhone donde se ven las diferentes áreas cerebrales e indico “tú piensas con esto (y señalo el córtex) pero el problema que debemos trabajar está aquí (y, entonces, señalo al sistema límbico) así que, por muchas vueltas que le des, por muchas veces que hables de tu infancia, por mucho que llores, no arreglaremos demasiado: debemos trabajar tu parte emocional más primaria y eso supone afrontamiento emocional en vivo”. Porque la terapia debe incluir no solamente la parte de reestructuración cognitiva (“ordenar las ideas”, que es muy necesaria también) sino incluir un proceso que haga que disminuya la ansiedad desencadenada por los eventos relacionados con tu trauma. Con tus fobias.

Piensa en ti mismo y en el modo en que reaccionas ante la idea de que se te note que eres homosexual. O en cómo todavía te cuesta hablar de tu homosexualidad con naturalidad, en cómo de difícil te resulta ir de la mano por la calle con tu novio. O hablar con tu padre sobre ese hombre que te gusta. O el mal trago que te supone el pensar en presentarlo en la boda de tu prima. Piensa en la de veces que te refieres a tu novio con eufemismos como “mi pareja” (eufemismos que te delatan, maricón, ¿dónde coño has visto tú a un heterosexual decir “pareja” en lugar de “novia”?). Piensa en la de veces que te sientes incómodo si te cruzas con un grupillo de chavales con pinta de medio macarras. ¿Ves? Hay docenas de situaciones de tu vida cotidiana que se ven entorpecidas por el trauma. Por tu intento de evitar aquellos escenarios que se asemejen a los de los momentos traumáticos (como cuando los matones del barrio te agredían) y porque también evitas las situaciones donde se note que eres gay. ¡El mismo hecho de sentirte incómodo por hablar de tu homosexualidad es fruto del trauma, a nadie le debería resultar incómodo hablar de sus afectos ni de su sexualidad!

Pero tú, en lugar de atajarla, circunvalas la cuestión y te enredas en justificaciones del etilo de “es que no tengo que llevarlo escrito en la frente” que no consisten más que en reducir un argumento al absurdo pero que no te conduce a la solución porque no eres capaz de superar tu tendencia a la evitación. Tendencia causada por el trauma pero que –a su vez- es el impedimento para superar el trauma. De nuevo una situación circular cuando lo que nos urge es ir directos a la solución.

¿Sabes? En ese sentido, hay algo precioso en la etimología de la palabra “perdón” (ya sabes lo mío con la etimología: soy un friki). Viene del latín: perdonare donde per es un prefijo que indica “acción completa y total” y donare significa “entregar”. En latín significaba “regalar al acreedor aquello que nos debe”. Ya sé que la ideología cristianoide llegó luego a llenarnos de culpa y hacer del “perdón de los pecados” una especie de dádiva de dios que solamente se ganaba con un sacrificio desmesurado (y del que, por lo visto, los poderosos estaban exentos). Pero el latín existía antes del cristianismo y también era anterior al cristianismo la belleza poética de esa imagen donde “perdonar” significaba “entregar algo por completo”. Liberarse, despojarse, sacudirse uno la carga. Poder ir más ligero, quitarse un peso de encima. Perdonar es entregar algo al olvido. ¿Y cómo? Pues, la verdad, yendo más allá de las intenciones y el buenismo. Perdonar, en este sentido que explico, se consigue cuando uno se siente a salvo de aquello que lo dañó. Cuando uno sabe que, aunque se repita, el suceso ya no le podrá volver a perjudicar. Hay algo básico en el perdón profundo y es el saberse a salvo. No lo olvides jamás: el perdón pasa por plantar cara.

¿Y sabes otra cosa? Cada vez que hablo de esto con mis pacientes y les digo: “bueno, has sido un niño maltratado” o “tal como lo describes, has sido víctima de acoso”, experimentan una especie de revelación. Como cuando, de repente, deja de llover y todo sigue mojado pero sabes que es justo el inicio del cambio en el tiempo. De repente se les hace una luz que les libera del sentimiento de culpa: aquello no sucedió porque él fuese maricón, ni porque él provocase las risas de los demás con su pluma, ni porque él quisiera abochornar a su padre. Aquello sucedió porque aquellas personas eran malas personas y lo maltrataron por algo que no era responsabilidad del niño. El motivo del maltrato no fue su homosexualidad, sino la maldad de los otros: su ignorancia, su incomprensión, pero no él. Por eso no volverá a repetirse: el contexto ha cambiado.

Tomar conciencia de ello (saber que sufres un TEPT e informarte sobre ello) enlaza con una de las mejores formas de comenzar a superar el trauma. Un evento traumático se caracteriza por su incontrolabilidad, porque no pudimos hacer nada por evitarlo ¿pero y si aprendemos? Podemos aprender las herramientas para superar situaciones similares y así sabernos a salvo. Que te sientas a salvo es crucial para que tu sistema límbico no ordene liberar tanta adrenalina y que tu ansiedad no sea tan alta. Una vez que te atreves, cuantas más veces te expones a algo que te asusta, menos miedo te provoca. Salir del armario en el trabajo es enfrentarte a tu miedo ¡no a la opinión de los demás! Y lo mismo hay que decir de ir por la calle de la mano con tu novio. O de hablar sobre él con tu padre. A todo esto ayuda que incorpores en tu vida algún hábito que te sirva para superar tu ansiedad: deporte, yoga tai-chi o lo que quiera que te apetezca. Pero algo que te ayude a vivir con menos ansiedad.

Superada la terrible angustia que te impedía tan siquiera recordarlo, te irá muy bien hablar de lo que te sucedió. Quizá escribir sobre ello y compartirlo con otros. Se trata de recordar, pero insistiendo en esa idea de que no fuiste el culpable de lo que hicieron contigo. Remover el pasado, cuando se está preparado y bien acompañado, sirve para perderle el miedo y que, así, deje de condicionarte el futuro. Recuerda que cambiar el modo en que te ves a ti mismo y pasar de considerarte un inútil a considerarte un ser humano avasallado, ayudará a que reelabores el concepto que tienes de ti mismo. Al mejorar este autoconcepto, mejorarás tu autoestima y todo ello junto, te fortalecerá para no sufrir depresiones.

¿Y la capacidad de amar? Ahí, tendrás que hacer un esfuerzo. Suelo aconsejar trabajar con ancianos, niños o animales, hacer algún voluntariado con estos colectivos. O casi cualquier tipo de voluntariado: ser útil y recibir la gratificación del agradecimiento de los demás, te reconcilia con el mundo. Pero niños, ancianos y animales tienen algo en común: son emoción pura, afecto puro, sentimiento puro sin disfraces. Y te pondrán en contacto con esos mismos sentimientos tuyos. Debe tratarse de una actividad divertida que te permita sentir emociones (no hablo de que te hagas profesor). También te servirá el relacionarte con tus amigos: haz cenas en casa, participa de eventos sociales.

Pero hay más. Existe un pequeño tesoro, frágil como una pompa de jabón e igual de difícil de manejar: la paz que nos proporciona el amor de un hombre protector. A veces lo buscamos de manera intuitiva, ¿por qué pensabas que había (sobre todo hace unos años) tantas parejas gais con enormes diferencias de edad? El protector y el protegido, pero de mundos diferentes. Ahora búscalo de manera consciente: no el amor de un hombre mucho mayor que tú y que te proteja, sino el amor sano de un hombre que se encuentre en la misma etapa vital que tú y que entienda que amar también es cuidarse mutuamente. Es un tesoro frágil y de difícil manejo porque ¿dónde está la línea que separa la dependencia emocional del amor que nutre y cuida? Está en tu equilibro emocional, en tu capacidad de vivir sanamente, en tu autoestima y en sentirte realizado. En corresponderle con el mismo grado de protección y entrega.

Sentir que el mundo, en lugar de maltratarnos, nos cuida y nos protege, hace que el sol salga definitivamente sobre aquel campo mojado de nuestra alma, ya limpia de mierdas. Decidirte a permitir la entrada a tu vida a hombres cálidos y nutritivos es otro gran paso en la superación de tu TEPT. Porque habrás aprendido que lo que tú te mereces es ser amado. Es un equilibrio delicado, lo sé. Tendrás que aprender sobre las relaciones tóxicas y evitarlas, aprender sobre las relaciones constructivas y fomentarlas. Sí, es un largo camino. Pero hasta el camino más largo comienza con un pequeño paso hacia delante. Y el tuyo se inicia hoy… diciendo: “quiérete mucho, maricón”.

 

Para saber más:

APA (1994). Trastorno de Estrés Postraumático. DSM-IV. Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales.

Goleman, D. (1995). Inteligencia Emocional. Madrid. Kairós.

 

Lanius RA, Williamson PC, Densmore M, Boksman K, Gupta MA, Neufeld RW, Gati JS, Menon RS. (2001). Neural correlates of traumatic memories in posttraumatic stress disorder: a functional MRI investigation. American Journal of Psychiatry; 158 (11) 1920-1922.

Última actualización el Miércoles, 19 de Octubre de 2016 14:22